jueves, 19 de enero de 2012

LÁGRIMAS DE ALEGRÍA


Escrito por: Sergio Sánchez - Inalámbrico de Canal Plus en la Liga Adelante.

Todo olía a fiesta. El Salamanca de Óscar Cano brillaba en la tabla. El Helmántico acogía a un rival de enjundia. Los hinchas del Betis daban colorido.

El balón echó a rodar y surgió el talento de Emaná. Pero todo eso, no importó a partir del minuto 15 del segundo tiempo. El silencio inundó el estadio. Dejé de tragar saliva, no podía. Un nudo en la garganta me sobrecogió entre el desconcierto y el temor. Miguel García se había desplomado en el centro del campo, a 20 metros de mi posición. Sus compañeros se arrodillaban sobre el césped suplicando ayuda a cualquier parte. Jamás olvidaré el grito mudo de aficionados charros y verdiblancos clamando al cielo. Las manos se entrelazaban uniendo fuerzas para salvar al "6" del Salamanca. Manchego, como yo, había tenido algo más de contacto con el bravo centrocampista albaceteño que con otros jugadores, saludos entre paisanos que en ese momento se convirtieron en un vínculo especial.

Pero había que contarlo, como inalámbrico de Canal Plus era mi trabajo y mi obligación. Nos movíamos en el alambre, con la necesidad de aportar sin confundir, de no caer en el sensacionalismo y de actuar con celeridad, pero sin precipitación. Pensé en mi madre. Pensé en qué haría si yo fuese el que luchara por sobrevivir y mi familia estuviese al otro lado del televisor. ¿Qué y cómo me gustaría que se contara y, sobre todo, qué no?. Pensamiento interrumpido y reforzado por un miembro del cuerpo técnico del Salamanca: "por favor, a ver qué decís, que su familia lo estará viendo por la tele". Sin tiempo para más reflexión, observé cómo el doctor Tomás Calero apretaba las palmas de sus manos contra el pecho de Miguel. El médico del Betis formaba un tándem perfecto con José Ignacio Garrido, galeno charro. Parecían haber trabajado juntos toda la vida, es la magia de las situaciones límite. Entre lágrimas y confusión llegó la primera buena señal: los camilleros de Cruz Roja se preparaban para trasladar a Miguel. Muchos jugadores se frotaban los ojos. Imborrable fue la imagen de Marcos Márquez, compañero y amigo del mediocentro desde Las Palmas. Cortar esos seis interminables minutos de silencio con la sirena de una ambulancia fue como volver a la vida.

"MIGUEL RESPIRA". Esas dos palabras me provocaron una montaña rusa de sentimientos. En seguida pasé a estar pendiente de la línea telefónica. Las noticias llegaron rápido. Miguel iba camino del Hospital Clínico de Salamanca y se encontraba estable. Se había salvado. Las aficiones comenzaron a aplaudirse entre sí y yo me di cuenta de lo mucho que esta profesión de cuentacosas merece la pena.

Poco después, se acabó el partido más difícil. Los médicos de Salamanca y Betis respiraban aliviados tras su fenomenal trabajo. Los seguidores de ambos equipos salían hacia la carretera de Zamora sin mencionar el resultado. Solo les importaba una victoria, la de Miguel.

Camino a Madrid repasé esas imágenes que iban y volvían a mi cabeza, como si se tratase de una moviola. Había sido un momento tan intenso que me sirvió para ver la cara más noble del balompié, la de la solidaridad y el compañerismo.

Casualidad o no, desde aquel momento la trayectoria del Salamanca se fue torciendo hasta acabar en Segunda B. Ahora, toca la remontada, para que dentro de poco una afición de Primera vuelva a llorar de alegría, como a las dos de la tarde de aquel domingo de octubre. 

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